Una vez más en Brasil la realidad supera a la ficción. Podría ser un capítulo de la serie House of Cards, pero los protagonistas en la TV hoy son el (por ahora) presidente de la República, Michel Temer y Aécio Neves: senador, ex candidato presidencial y hasta ayer líder del PSDB, uno de los principales partidos del país. Ambos aparecen en diferentes grabaciones manteniendo conversaciones muy comprometedoras con Joesley Batista, CEO del Grupo JBS, una de las principales compañías de alimentos del mundo.
Nuevamente el proceso denominado "Lava Jato" arroja luz sobre la podredumbre que reina en las más altas esferas del poder político brasileño: en las transcripciones de los áudios se habla de la compra del silencio de políticos recientemente presos, pago de soborno a jueces, obstrucción a la Justicia por medio de medidas legislativas y pedido de dinero al empresario, entre otros delitos.
Desde el momento de hacerse públicas las grabaciones (y la consecuente repercusión en los medios y la población) hasta que Temer concedió una conferencia de prensa pasaron casi 24 horas, demostrando, una vez más, falta de reacción por parte de su equipo de asesores.Si hay algo que dejan en claro los recientes escandalos es la confabulación de la clase política (gobiernos PSDB, PT y PMDB) con los mayores grupos empresarios (Odebrecht, JBS,OAS) y la utilización de empresas federales, como el BNDES (Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social) y los fondos de previsión, para la financiación de los mismos y el intercambio de favores políticos.
Los actos de corrupción no envuelven solamente a Temer y los partidos de la base aliada. Los anteriores presidentes, Luiz Inácio Lula da Silva y Dilma Rousseff, habrían recibido del Grupo JBS U$S150 millones en cuentas en el exterior.
Michel Temer dejó en claro que no piensa renunciar, y esto se entiende ya que la principal tarea de su gobierno fue impedir el proceso de investigación "Lava Jato" y hacer acuerdos en el Congreso para que se aprueben velozmente leyes impopulares, que tratan sobre tercerización, reforma de la jubilación, y condiciones laborales. Estas iban a ser aprobadas próximamente, aunque estos planes se vieron suspendidos a partir de las últimas noticias. Abandonar el poder antes de que sean garantizadas amnistías para todos aquellos políticos que hayan recibido dinero sin declarar por parte de empresas, o que sea pasada la ley de "abuso de autoridad" (que permitiría punir a un juez con hasta 4 años de prisión, si su interpretación de la ley fuese revertida en instancia superior) significaria un suicidio tanto para el presidente como para la mayor parte de los dirigentes, envueltos en casos de corrupción. En este contexto se puede interpretar que lo que está ocurriendo es una lucha de supervivencia del establishment político, corrupto y decadente, acorralado por la Justicia.Permanecer en el poder, sin embargo, no va a ser tarea fácil para un presidente que hasta la semana pasada no contaba con más de 9% de aprobación. Depués de las escuchas, y con varios aliados abandonando el Gobierno, la presión para que renuncie es enorme. La sensación es que la falta de gobernabilidad va a producir su salida en cuestión de días, sea por dimisión, por impeachment , o por decisión del Supremo Tribunal Federal. Tanto es así, que lo que se discute en las calles no es esa cuestión, sino quien va a suplantarlo, o, inclusive, qué sistema político. La confianza en los representantes entre los ciudadanos se encuentra en mínimos y no son pocos los que claman por una nueva intervención militar. Esa, por el momento, no parece ser una opción muy viable.
Con las elecciones presidenciales programadas para Octubre de 2018, y en este escenario de "río revuelto", los principales favorecidos parecen ser João Doria, jefe de gobierno de la ciudad de São Paulo, fenómeno de marketing político con rápida ascención en las encuestas; Ciro Gomes representando a la izquierda, en el casi seguro caso de que Lula sea inhibido por la Justicia para participar; el militar de reserva Jair Bolsonaro, símbolo de la derecha armamentista y Católica, que logró conectar con la juventud con su mensaje simple y directo; y en menor medida Marina Silva, que si bien desaparece entre elecciones, cuenta con crédito popular. Ellos son algunos de los pocos sobrevivientes de este ocaso de la República.
Sin quererlo, Temer logró algo impensado, consiguió unir a enemigos políticos irreconciliables, derecha, centro e izquierda, ricos y pobres, todos juntos pidiendo que se vaya.
Más allá de los nombres y de los partidos, Brasil precisa con urgencia de una renovación generacional de cuadros políticos, necesita una reforma que posibilite mayor participación ciudadana y más herramientas de control al Estado y a su relación con las corporaciones. Un Estado más pequeño, menos burocrático y más eficaz. Y principalmente hace falta acabar con la impunidad.
Mientras esto no suceda, vamos a seguir caminando entre las ruinas del sistema.
Ocaso de la República
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