En lo que va del siglo, la polarización ha sido el sello característico de la política en América. Y tiene que ver con una sola cosa: la desigualdad.
El gran motor de la izquierda para ganar elecciones, no ha sido el presunto financiamiento internacional, ni las prácticas revolucionarias del castrochavismo, sino la lucha de clases. El comportamiento electoral a lo largo y ancho del continente se explica principalmente por variables sociodemográficas. Los menos favorecidos votan por la izquierda y los más favorecidos por la derecha.
Los líderes políticos y sus campañas lejos de ser la causa de la polarización se convirtieron, en una especie de válvula de escape por donde se modula y equilibra el rencor social acumulado por años y años de corrupción y despojo. Años de hacer de lo público un negocio privado a costa del pueblo. La izquierda triunfa pues, porque hay sed de justicia.
Pasa en todos los países, que con el tiempo, tal vez después de uno o dos períodos presidenciales, la izquierda deja de ser novedosa. Deja de ser atractiva y sobre todo deja de percibirse como justa. Pasa por muchas razones; debilidad institucional, corrupción, autoritarismo, llamémosle por economía “desgaste”.
El desgaste en términos electorales no se refleja necesariamente en la migración masiva de electores hacia las opciones del pasado, hacia la derecha vencida. Sino en la emergencia de un nuevo tipo de elector, en El Instituto le llamamos post-conflicto. Es un elector que ya no está contento con el gobierno de izquierda por diferentes razones, pero que tampoco quisiera volver al pasado. Para ellas y ellos pasar de la izquierda a la derecha y viceversa es absurdo. Significa desplazarse hacia los lados cuando la única forma de avanzar es hacia delante.
Este nuevo grupo electoral está principalmente situado en los jóvenes y sobre todo en clase media extendida hacia abajo (media típica y media baja). Los jóvenes porque probablemente ellos alcanzaron la madurez después de la “revolución” y ya no les hace sentido la vieja lucha entre la izquierda y su derecha, no la vivieron y no la conocen. La clase media es la más desfavorecida por los regímenes izquierda popular como la que tenemos en latinoamérica por tres razones: primero porque no reciben el premio del cambio, al no ser susceptibles de las ayudas sociales que entrega el “Estado de Bienestar”, segundo porque su carga fiscal sigue siendo la misma y en ocasiones empeora. Y tercero, porque los beneficios para la clase media toman más tiempo en llegar y consolidarse: los sistemas de salud, educación y transporte público, por ejemplo, toman años en transformarse. Rara vez un presidente tiene el tiempo de lograrlo antes de tener que pensar en la próxima elección o reelección.
La oposición desde la derecha se alimenta del enojo. Del no. De la nostalgia de cuándo se hacían bien las cosas y de denunciar los errores del gobierno. Pocas veces la oposición logra en el corto plazo construir un relato en el que reconozca las causas que llevaron a su rival a la presidencia.